LA PENÍNSULA DEL SILENCIO

No tenemos las respuestas pero, aun sin ellas, solo por buscarlas, nos hacemos ya responsables, y esto es todo y solo lo que en verdad cuenta, porque esto es todo y solo lo que de nosotros depende.

José Luis Aranguren
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Existía un lugar muy lejano rodeado de mar casi por todos lados, menos por uno. Lo unían al continente intensas emociones, sueños y también, pesadillas. Los lugareños lo llamaban la Península del Silencio.

Esperanza había crecido en ese lugar. Amaba vivir allí, tanto, que si le hubiesen permitido escoger dónde haber nacido —teniendo como límite los confines más distantes o cercanos del mundo entero— nuevamente, hubiese seleccionado a esa punta de paradojas. El trazo de tierra cumplía un ciclo interminable rodeado de poderosas aguas azul/neblina, oscuras como una noche de escasas estrellas. Al frente, a lo lejos —aunque no tanto— había un sitio muy peligroso que pocos querían determinar, al menos no actualmente. En otra época, quizás, cuando era útil y necesario. Ideal, pero ¿Ahora? Como suele suceder, el tiempo dio su vuelta en la infinitud, giró en sí mismo hasta verse cara a cara —entonces— fue cuando ocurrió lo inevitable… y lo que antes se veía bien, aprovechable, de pronto ya no lo fue más. La realidad se había transformado. Habían emergido categorías distintas para el nuevo contenido: la transculturización. La esencia de la virtud, la ética y sobre todo las leyes, tuvieron que reinventarse porque ya no pudieron seguir sosteniendo la libertad de hacer lo impropio y pretender, hacerlo pasar por justo.

El océano, que antiguamente servía para traer a esta parte lo que se deseara ¡Lo que fuese! paulatinamente, fue convirtiéndose en una acuosa anarquía, cosmos inmanejable cuyo desorden indetenible, resultaba cada vez más perturbador. El escenario había sido perfecto cuando tenía una sola dirección; es decir, traer para sí lo significativo pero no al revés. El tácito plan consistía en que, quienes venían, cumplían el objetivo y luego, se iban. Cuando comenzaron a quedarse, el todo perfecto, transmutó a agonía ¿Quién podría desearlo? ¿aceptarlo? ¡Que ocurrencia!

La novedosa circunstancia fue complicándose muy rápidamente. Cuando más anhelaban su antigua forma de vivir, su estilo, sentían que lo estaban perdiendo, esfumándose a una velocidad muy intensa respecto a la capacidad que tenían para entenderlo ¡Cuánto miedo rodando por todos lados!… y fue eso precisamente lo que animó la construcción del inmenso muro, justo en la mitad del mar. Hacía rato que la comunidad no había experimentado un punto cohesivo, un lazo de unión tan homogéneo como en esta oportunidad. Aprobaron los recursos unánimemente. Los habitantes organizaron festivales para recaudar más fondos, se alistaron voluntarios para ejecutar la obra, las madres dormían a sus hijos con inventadas canciones de cuna apropiadas al momento <<—Mi bebé adorado, duerme tranquilo ¡Allá se quedarán!>> ¡Que idílico instante! Cada uno involucrado acorde a sus capacidades ¡Hasta las ancianas! En las tardes, se reunían a tejer emblemáticos tapices con fondo azul resaltando en el medio, la imponente fortaleza. Esperanza luchó hasta el final, al parecer, era la única a quien el proceso de transculturización no intimidaba. Por el contrario, lo experimentaba como una aventura socio/intelectual fascinante.

La construcción fue muy difícil. Tal vez hubiese sido más fructífero promover reuniones para desarrollar una visión colectiva de lo que sucedía <y por qué> antes de lanzarse al vacío. Los recursos destinados para el desarrollo se fueron diluyendo en materiales, equipos y profesionales calificados para llevar a cabo una empresa tan comprometida <fraguar el hormigón en medio del mar> y aunque ya se había hecho, nunca se había intentado en semejante longitud. Desde la península, la inmensidad dejó de tener horizonte. Las miradas se detenían, chocando con aquella muralla blanca, espesa y extensa… pero lo peor, fue la millonaria inversión, la cual jamás generó beneficios; por el contrario, como consecuencia, la economía se fue en picada. Incontables habitantes fallecieron en la construcción. A nadie le importó, ni siquiera a sus familiares. Su muerte representó la visualización y norte en los ecos de la península.

Finalmente, el resultado fue muy mediocre. La tierra de Esperanza no volvió a ser la misma. Si bien habían conseguido detener lo no deseado, las consecuencias fueron catastróficas. Ellos, también habían quedado aislados y postrados. Hasta lo útil, dejó de llegar.

En cuanto a Esperanza, murió misteriosamente tapiada entre el muro, el silencio y el cielo. En su boca, emergió una gota de luz.

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MEDUSA

Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.


…y tus cabellos
llovían serpientes.
…y mi miedo —el de siempre—
se volvió esqueleto.
En el disturbio funerario
del sepelio prolongado,
vi caer al amor
vi llorar al sufrimiento
vi, al dolor, desear morir.
Mi alma aterrada,
el agrio espejo
de tus ojos.
Silencio.
Nunca la Guerra Fría
fue más fría.

Olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo, y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo.

George Orwell. 1984

EL SUEÑO DE LA ESCAFANDRA

El futuro no fue distinto al pasado.
En el interludio,
desdibujaron al sueño de la belleza,
eliminaron sus poros
contaminaron —asfixiando aún más—
al arte de la transformación.
Inventaron escafandras
de poliéster.
Las dotaron de espiritualidad instantánea
—ideológica mentira—
acoplando miradas idénticas
repetitivas/raídas/psicópatas.
…y el sueño, otrora, único y grandioso,
cayó.
Su, ya no, eternidad,
comenzó a gemir en estéreo
soneto siniestro
revolcándose en las entrañas
de la estampa narcisista.
Quedó su alma vigilada,
desnuda como un Virgen sin objetivo
asustada/sin voz/subterránea.
Hubo una vez.
Creímos que el todo transmutaría
—que dejarían de existir—
aquellos, los más iguales.
Hoy, seguimos tapiados por el sistema
un casi ser, invisible,
mitología de poliestireno
—en cuya alta densidad—
reímos sin virtud ni motivo.
Todo está programado.
Ningún cimiento alternativo
ninguna educación liberadora.
Somos el trauma que llora
la sonrisa estupefacta
el horror, horrorizado.

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POETIZÁNDONOS

Levitándonos

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Retorno al firmamento de tus ojos de flama
levito la desnudez de sus pupilas
fondo de espejismos absorbiéndome entera
pulsar del eco profundo que me delira. 
Del pensamiento vacío brota tu piel de cúspide
irreverente cenit de mirada fija
silueta de mareas y magma
estallido de mi agonía.
Me talla tu espalda sinuosa
voracidad implacable tu sed por mis tormentas
éxtasis, apocalíptico, alucinante.
Tus manos recorren cada suspiro
inventando un nombre para mi boca
llovizna de pájaros enloquecidos
lar de intensidad tu poesía.
Impregnados del núcleo incinerado.
Vuelo sempiterno desgarrando al silencio
de las voces encendidas.
La emoción inagotable nos esculpe
—tu paraíso tan erguido—
la victoriosa humedad de todas mis vertientes.
Sublime.
Del instante eterno flotamos la infinitud.
Somos aves grandiosas poetizándonos la gloria.

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AQUELLA PRIMERA VEZ DEL GUERNICA

«El arte es peligroso, el arte no es casto; no están hechos para el arte los inocentes ignorantes. El arte que es casto no es arte».

Pablo Picasso
Mi sentir, aquella vez, hace tanto, cuando te vi.

¡De pronto, frente a frente!

Llegué al final de la tarde muy apurada a buscarte, como si hubiésemos concertado una cita. Entré al Reina Sofía muy decidida. Parecía que lo hubiese hecho miles de veces —alter ego experto conocedor del escenario desconocido— pero no, era mi primera vez. Fui directo a ti. Finalmente —estabas— más inmenso de lo que imaginaba y aún más grandioso. Círculo de  figuras indemnes te murmuraban con la vista, verticales apocalipsis de elegantes comportamientos. Recordé aquella película cuando abren el ojo en Buñuel. Así quería los míos. Completamente descubiertos —sin párpados ni fe—despiertos ante el posible desatino de perderme algo, por cuántico que pudiera parecer.

Me paré justo en tu centro, alerta como una loba ante una hoguera. Me invadió la absurda imagen de mis globos acuosos rodando por el suelo y yo,  ciega, arrastrándome en el piso, extendiendo las manos aquí y allá, arrodillada, atrapando mis bultos vacíos ¿y entonces qué…? Te sostuve. Nada se parece a tus “parecidos”, no hay  gris que califique en el matiz de las heridas que te ruedan— tampoco— existe un negro más oscuro que las redondas cuencas de tu caballo.

Tu inmensidad y mis adentros. Puertas minúsculas. Vórtices de venas se comieron al revuelo ¡Esas lenguas tan puntiagudas! Montañas filosas cuyo sufrimiento, te dejaron sin aliento. El olor a muerte del buen desempeño, se desborda en tus guadañas con siniestra exactitud —¡No voltees!— le dije suplicante al toro pero no entendía. No escuchaba ni siquiera a la “Virgen”, madre en claustro de todos los hijos asesinados.

La pobre paloma de ala partida. No podía suspender el abismo de su propia muerte. Caerás… rodarás entre el polvo húmedo del suelo abonado por las almas tras el limbo del espanto. Las densas sombras te extraerán el hálito del suspiro. No atinarás a ver la luz, aún frente el inmenso bombillo que te oscurece. 

El caballo todavía está llorando. Sus lágrimas se quejan por la maldad tan perfectible del mundo hostil. Atravesado —se lamenta— y su agonía,  me toca y me destroza, desgarrándome los jirones de la piel que le salpica. Nuestras manos son simples agujeros de cristal,  cuerpos golpeados por la del sed sin fin que nos hostiga. Ahí, allí… esa mujer  que suplica ¿Será escuchada? ¿Por quién? ¿Por qué?

De pronto,  se agolpan en mis pensamientos los documentales de Nat Geo, los brillantes físicos de la NASA otra vez: —Que si no es posible viajar en el tiempo,  —Que si el cuerpo humano no puede alcanzar velocidades cercanas a la luz —Que moriría alargado y desmembrado como un gusano —Que únicamente, podríamos viajar con el pensamiento. Si alguna vez la mente y su voluntad. Quién sabe.

…y lo entendí todo, es decir, lo sentí. Viajé en el tiempo. Alcancé al pasado con el presente fracturándome una costilla.

Estuve en Guernica.

Horror. Dolor. Vacuidad.

«La pintura no ha sido hecha
para decorar los departamentos. Es un instrumento de guerra ofensiva y
defensiva contra el enemigo». Pablo Picasso

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NACIMIENTO DEL ACERTIJO

Todo lo que endurece, desmoraliza.

Concepción Arenal (1820-1893) Periodista, socióloga y escritora española.
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…y la duda, vertida sobre ti
—gritos de nieve—
en los latidos del viento.
Volverías —de nuevo— sin querer,
a gemir sobre la lámina seca
del silencio.
Desnuda y sin fe.
El concilio de los traumas
la sociedad y sus dagas
el vacío.
Miles de segundos te miran.
Roen su dolor añejo de piedra febril
como la herida azul
temblorosa y gris
asustada y triste
de tu boca.
Nacimiento del acertijo.
Procrea los enigmas
de su androginia
justo cuando tu austero vientre,
reniega a la vida.
Te escondes en la espalda
de su garganta.
Tiemblas.
Te abrazas al espadachín
de la palabra,
Cíclope enhebrando los versos
que aletean en tu alma.
…y te preguntas:
¿Por qué —oh belleza—
te lapidas y no luchas,
defendiéndote del mundo
y sus placeres huecos?
El llanto que quema
el sufrir que escuece
cercos del laberinto
sin empatía.
Humanidad invidente.
Horror.
¿Debes, mansamente,
beberte su ceguera?
¿Tragarte tus propios pedazos,
en la hipocresía de sus limosnas?
La noche observa y calla.
La estalactita de la madrugada
se adhiere tal sanguijuela.
Desesperada, se alimenta,
de ti.
Nada de que ofrecer.
Eternidad sin raíz
deshojando al deliro infame.
Muecas de horas sin sustento
yacen tras el cristal sin reflejo
ahogo/impotencia/ataduras.
Del abismo incendiario y cruel
a los pasos cortos, tan cortos.
Crucifixión de sueños
en la hoz del tiempo.

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VÍRGENES VESTALES

“Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones”

Roland Barthes
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Neblina en la boca
grutas rotas en la garganta.
Nada que entregar o recibir.
Levitas sobre un caballo que no quiere correr
pero insistes en llevarlo a la luna.
Imaginas que allí desaparecerán tus horrores
—pero intuyes— el jamás será.
 Exceso de penumbras te etiquetan.
Porcelana de nieve y belleza

Tus dedos son nevadas vírgenes vestales, girasoles púrpura goteando silencios. Encerrada, vuelas en un bombillo apagado, helado y silente como un ataúd. Sin tiempo que medir —aturdida— veloz deslizas tu cuerpo sobre la bandeja del cantinero ¡Eres tan guapa! Piel de seda pidiendo clemencia. Volteas y no encuentras la razón. Nadie te explica. No comprendes porqué ríen mientras corres tras tu sombra —justo cuando el sol del que huyes— te ha sorprendido saliendo del bar. Te arreglas la falda, te pasas las manos por el cabello. Intentas lucir como cuando llegaste pero ahora, tienes el maquillaje corrido, óxido arruinando tu osadía de corcho. Bajas la mirada. Te salva el semáforo, despojo errante de la madrugada. Confundida, empujas en verde al fantasmal reflejo que te marchita. Mausoleo de horas sin fe. Espanto.

Enigma febril cansado e inquieto
mujer de escafandra que tiembla y se esconde.
El día muy largo cuando no se sabe nada y la noche,
no alcanza para olvidarlo todo.
Disfrutas acariciar los segundos con las uñas.
De nuevo te comprimes y cierras las cortinas
¡Ojalá siempre fuera así!
Nadie ni nada, solo la niebla.

La tarde se aleja con la lentitud de un lagarto. Saltas de la cama. Te maquillas mecánicamente. Pules con azúcar los inmensos sueños raídos. Ciñéndote la ropa, salpicas la miel de tus pestañas con rímel e impaciencia —¿No recuerdas qué las instintivas abejas te acosarán otra vez?— no van por tu alma ¿Sabes? A nadie le importa si clandestinamente, deseas una estrella que brille para ti.

Antes de huir, miras al cielo ¡Que triste! Ese lucero ya está muerto. Su resplandor salió del centro universo hace mil años luz —cuando únicamente, el vacío— habitaba el planeta de los desencantos —¿Se fue el vacío, alguna vez?— lo siento. Ni estrellas ni luna. Solo la servil soledad que sabe espejismo.

Una pluma de nube huye de tus ojos. Vuela entre brisa y cae. Te aterra ver la brutal gota de fango que la chorrea debajo del puente ¡Hay tanto qué no ver! Demasiado.

Cada veinticuatro hora estás de salida. Tu reloj no para.

…por cierto ¿Alguien sabe tu nombre?

¡Oh! El dolor.
Las escarchas del abismo
el trauma de la inocencia
la raída bifurcación del vacío.
Poros abiertos/tapiados
abren sus esporas al sufrimiento.
El sistema/el mundo/la agonía.
Seres apretados lloran callados, solitarios.
Sobre sus hombros, estalla el miedo enfermo.
Crece en sus párpados como un sacrificio
mutilación de la esperanza.
Manos castradas tiemblan.
No hay fe en el asfalto.
La nada y su sed de cataclismo.
El silencio del adentro.
Gritos.
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María Eugenia

Conozca todas las teorías. Domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana.

Carl Jung
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¿Por qué llegan y nos sorprenden? Son sueños con nombres y miradas.

María Eugenia no existe.

Llegó a mí mientras dormía. Estaba allí, con sus inmensos ojos oscuros, mirándome sin parpadear —¿Eres María Eugenia?— Pregunté, convencida de que simplemente lo afirmaría. No dijo nada. Continuó observándome en silencio. Sus ojos fijos y penetrantes, ocultaban un misterio. Eran dulces pero también ¡Tenían miedo! pupilas acuciosas tan grandes como gatos en la oscuridad. Estaba ataviada con la invisible tiara de la inocencia. Cautivaba. Hablaba sin decir nada y yo, sentía todo en ella. Los pensamientos más íntimos estallaban sobre nosotras como si fuesen como flores incineradas. Algunas, doblados girasoles sedientos de flama —otros— jirones de pétalos asumiendo formas alucinadas. Peces sin branquias con los brazos talados.

Le tomé la mano. Desprendía algo tan maravilloso como atemorizado. Olía a algo importante que mis adentros no conseguían recordar. Su largo cabello —a ratos— se elevaba levitando en la fuente de la belleza, inspiración venciendo a la gravedad de lo que muere. Desde la lejanía a lo cuántico, vimos transmutar al universo entrelazadas en la garganta de sus Deidades. Agua. Tierra. Viento. Fuego. Inesperadamente, nos encontramos ante una especie de laberinto. Osadas, nos arriesgamos a jugar en sus labios inciertos —ambas, niñas— ambas, ilusión. Serpenteábamos corriendo, intuitivas, rodeadas por inmensos arbustos. Rebozados cíclopes engendrando poesías en sus pupilas unicelulares. Por primera vez, me sentía segura. No, no exactamente. Necesitaba, presumir que la protegía quién sabe de qué. No sé cuántas veces pronuncié su nombre. Cada vez que lo hacía, María Eugenia, alzaba el rostro y me observaba, mirada única de candorosa sapiencia. Hubo un momento cuando esbozó una leve sonrisa, tan imperceptible y cálida como una estrella fugaz. Recordé a la “Gioconda” —aquella famosa expresión volátil, cofradía en la línea de su boca. Tímidamente enigmática e infinitamente grandiosa. De pronto, una copiosa tormenta rompió el encanto haciéndose eco partido en nuestra complicidad. Llovían cuervos sin cabezas, espejos oscuros, se vislumbraban portales. Al llegar al centro del laberinto —a nuestro pies— se abrió un tenebroso agujero, paradoja invitándonos a transitarlo. Ella quería que fuésemos atrevidas y silenciosa, me animaba a iniciar el descenso. Necesitaba complacerla aunque —ahora, era yo— quien temía. No sé porqué me dispuse a acompañarla, quizás, simplemente, no quería abandonarla. No. Pensándolo bien, mi peor miedo, era que ella se alejara de mí. María Eugenia se había convertido la revelación de todos mis instintos, punto cero a tan desconocidas emociones. Entramos. Sombras densas nos recibieron oprimiéndonos contra paredes enlodadas, resbaladizas y muy asquerosas. No había ni una gota de luz en el pasadizo. No podía ver a la niña pero seguía, atada a su mano. Sus diminutos dedos se fueron congelando. La piel se le fue desapareciendo, dejando únicamente al armazón de tan anoréxicos huesos. El espanto entró por mis poros. Ya no estaba segura de nada— sin respirar como me hallaba— apretada a los muros del abismo. La niebla, el lodo, la absoluta oscuridad. Exigentes gritos de supervivencia acelerándome el corazón. Transmuté a automático, presintiendo entre mis venas el nunca del jamás. A mitad del camino, María Eugenia se detuvo y se negó a continuar. Sin pronunciar palabra alguna, se sentó en un escalón y me soltó la mano. Me coloqué a su lado, quise tocarla y se negó ¡Me negaba a perderla! Compartimos una callada conversación. Desangrada. Ella, lloraba. Revuelta, ceñida, consternada. La había defraudado. Un silencio tan delgado como una hebra de acero, reinó poderoso en el absoluto del no tiempo. Alcé los ojos. Al fondo, en la superficie, un halo de exigua claridad iluminaba la salida. Quise exhortarla a escaparnos. Era el momento vital cuando la huida, conjuga al Grial de la liberación. No la sentí. Estiré los brazos desesperada por abrazarla. María Eugenia se había esfumado. Su eternidad, me olvidó, vacía.

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SILENCIO PRAGMÁTICO

En el ámbito del espíritu, busca la claridad; en el mundo material, busca la utilidad.

Gottfried Wilhelm Leibniz
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¿Qué fue del miedo — aquella vez—
cuándo inocente, aprendiste a callarte?
Sobrevivir tan vulnerable.
El agobio del mundo incomprensible.
Padres confusos como sombras
figuras gigantes rebozadas
de cadalsos.
...y tú, allí,
sin la opción de correr
o de esconderte
—sinónimos inalcanzables—
a tan corta edad.
Fue el tiempo arando.
Creciste protegida
por el silencio sepulcral
evasiva defensa
tan inútil como absurda.
Ahora, el aquí.
Es tu ahora.
Las misma emociones intactas
atándote el cielo de la boca
espejismos
habitando en otro cuerpo
y el adentro, gimiendo.
Mujer.
enfrentándote al universo
atrapada en la piel del silencio
disfunción de traumas
enarbolando su oscuridad.
Intento comprenderte.
Quizás, fue válido entonces,
demasiadas incongruencias
sin tener lo subiente.
—¿Cuánto hermetismo
cabe en una boca?—
—¿Cuánto dolor en el alma?—
La culpa te destroza.
¡Créeme!
No fuiste culpable.
Es hora de hablar.
De gritarle al espejo
de mirar a los fantasmas
de romper las cadenas.
Tus labios son aves.
Libéralos.
Es tiempo de renacer.
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HORDA

 “Estoy llorando, encerrado en la mazmorra de mi nombre. Día tras día, levanto, sin descanso, este muro a mi alrededor; y a medida que sube al cielo, se me esconde mi ser verdadero en la sombra oscura.”

Rabindranath Tagore
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Vendrás tú, desolación,
a mirarte en el fondo de mis abismos.
Habrás de saber cuan absoluto es su vacío
serpenteante, sólido, compartido.
Te mirarás en sus ojos de hielo y fuego
 y llorarás con el temor de los incautos
alucinación cubriendo de niebla a las penumbras.
No, no te engañes.  No es maná.
Es la bocanada de nieve que desnutre mientras alimenta
desgarro del aprendiz atado a sus propios cadalsos.
En la guillotina de su boca
habrán de temblar nuestras almas desnudas 
rincón de espejos y sus miradas locas.
Observándonos más allá de...
Nada que atesorar aparte de la Sombra.
Bajo el mayúsculo nombre tan escondido
el espanto del "yo" intentará liberarnos
artilugio del mago envenenado.
—¿He dicho "Yo"?—
¡Qué poco he aprendido!
No he debido ni pronunciar al espejismo.
Cada palabra lo agiganta
cada miedo lo condensa.
—¿Descubrirás al revelarte, revelándome,
al engaño del apátrida qué nos venda?—
El afuera y sus mantos inhóspitos 
la enajenación del lazo que encadena
los solitarios que corren en declive
el labio que nada dice.
—¿Reconocerás al terror qué desgasta,
silencio qué colma al paso incierto?—
Miradas invidentes,
pupilas sin luz,
poros cuya sangre quema
y su verdad,  no vibra.
La noche se cierne.
Duerme la cofradía de la sociedad.
Ha amanecido.
Despiertan los ciegos en la horda
pedazos desesperados por agruparse
reflujo decorando
a nómadas emocionales.
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BLANCO CENIT


«Solo lo hermoso es cierto, nada es cierto sin belleza.»

Alfred De Musset
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Sales entre las luces como una sombra.
Me elevo en las montañas de tus impulsos
escudo de tan hermosas cordilleras blancas.
Vuelo sobre caballos libertarios
—van escalando las sierras de mil caminos—
miradas esculpiéndonos en la puerta de la infinitud.
¡En la cúspide de estas cumbres todo se ve tan pequeño!
—el dolor, el miedo, la agonía—
vacío del abismo que elimina
al clamor del alma y su grandeza.
De viento, los ojos, bordean a la vida
—escalan las apretadas agendas del minutero—
efímeras certezas que el tiempo va quemando
mutilada la fe que vence a la confianza.
Sudemos al frío sufrimiento de todos los lienzos
—levitemos mitos rellenos de retos—
versos sin prosa dibujando a la eternidad
clamor de enrojecidas y poderosas riberas.
Mi alma grita.
Su silencio me incinera
—pedazos embravecidos reverdeciendo—
efervescencia reclamándole confianza al caótico mundo.
¡Cuánto soledad y cuánta belleza!
Su sangre nos hierve, victoriosos,
niños envueltos tras la fugaz inocencia
minúsculos pasos recorriendo al macizo
de la radiante poesía.
La alienación no podrá, profanarnos
—ni su maldad transmutarnos—a figuras de hielo.
Somos extranjeros en la humanidad de los antifaces
—deidades y cenit—
de las montañas blancas.